Las relaciones tóxicas no son exclusivas de las parejas

 El siguiente artículo fue escrito durante un periodo de decepción y con un sentimiento de derrota. Quiero aclarar que, a pesar del tono de este, el organismo involucrado se comportó bastante bien y hasta me ofreció una solución pero consideré que era mejor dejarlo.


Aún era 2023 y buscaba algo que hacer con mi tiempo libre, deseaba aprender algo nuevo: algún taller en línea que pudiera tomar los sábados o algo similar. Un anuncio de Facebook me trajo la respuesta: maestría en línea de creación y apreciación literaria. ¡Perfecto para mí! Por fin podría estudiar mi carrera con el enfoque con el que deseaba desde el inicio.

Poco me tomó pedir informes al respecto. Requeriría de un esfuerzo económico importante para mí pero lo veía posible. Estaba convencido de que obtener el título de Maestro podría valer la pena. Además está bien darle algún motivo a mi familia para enorgullecerse de vez en cuanto, para variar de las decepciones usuales.

Tomé los ahorros del mes pasado para inscribirme, estaba emocionado por aprender cuánto fuera posible de la maestría. El curso consistía en cursar una única materia al mes con una clase semanal durante 18 meses. Primera asignatura: un nombre aburrido que no vale la pena recordar, consistía en aprender el uso de la plataforma. Mi opinión honesta es que fue una asignatura de relleno para cobrar un mes extra.

El mes transcurrió y fue fácil aprobar, más fácil que cualquier materia de licenciatura. Durante este periodo recibí mi ahorro anual, el cual preferí guardar en su mayoría para poder solventar los gastos de la maestría y empezar un ahorro para la titulación que también sería bastante cara, incluso coloqué la cantidad que estaba destinada para mi fondo de emergencias en este monto.

Recibí un correo a principios del siguiente mes, poco antes de iniciar la siguiente asignatura en el que se me recordaba amablemente que tenía un par de días para pagar la colegiatura, lo cual ya estaba cubierto desde el día anterior. Un día antes del inicio del segundo curso, se hizo accesible el apartado correspondiente y aquí empezó la preocupación: el cronograma tenía, únicamente, las fechas límite para las actividades, no indicaba los horarios de las clases. Eso sí, todas las lecturas necesarias ya estaban cargadas.

Escribí a quienes pude para hablar de esta preocupación. Quien me respondió fue la asesora de la materia en cuestión: No hay clases en vivo porque no se inscribió el mínimo de alumnos para ofrecerlas. Sin embargo, si tienes dudas puedes escribirme. :) 

Lo que debía hacer fue evidente en mi cabeza: abandonar el curso, darme de baja. Como yo lo veía, y lo sigo viendo así, es que me estaban cobrando por hacer estudio autodidacta lo cual ya hago de por sí y de forma casi gratuita. Por supuesto, no recibiré un título de maestría por ello, pero ¿vale la pena pasar un año y medio gastando casi la mitad de lo que gano para obtener ese título? La realidad es que no.

Con esto en mente, los pensamientos intrusivos no tardaron en llegar. ¿Y si realmente aprendo aquello que tanto deseo? Una herramienta con la que pueda incursionar en el mundo literario de forma profesional. También pensé en el orgullo que había generado en algunas personas importantes para mí cuando les dije que iniciaría una maestría. De pronto, me sentí melancólico y dubitativo ¿la deserción era la decisión correcta?

Ese sentimiento me trajo otro recuerdo, la última vez que me sentí de ese modo. Sí, fue durante una relación que me resistía a terminar. El recuerdo del alivio que sentí cuando por fin terminó aquella relación me hizo decidirme a darme de baja y, tal como sucedió entonces, un gran sentimiento de alivio me llenó, pues acababa de evitarme una situación económica difícil durante todo el año y había evitado gastar mi fondo de emergencias.

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